Esta semana, la Federación Andaluza de Bolos (FAB) ha celebrado en pleno corazón de la Sierra de Cazorla una nueva edición del Campus de Bolo Andaluz, una cita que combinó deporte, naturaleza e historia en torno a este juego autóctono serrano. Más de una treintena de personas, entre ellas veinte niños y niñas, disfrutaron de clases magistrales con los mejores jugadores de la actualidad, actividades multiaventura y un encuentro inclusivo con la Federación Andaluza de Deportes para Sordos (FADS).
La Bolera Serrana de Vadillo Castril ha sido el punto de partida de una actividad que unió tradición y futuro. En este espacio cargado de simbolismo, donde en 1980 se celebró el primer concurso de bolos serranos en el sur del Parque Natural, se desarrollaron las clases prácticas de bolo andaluz. El lugar no fue elegido al azar: Vadillo Castril, antaño centro industrial maderero y enclave estratégico de Explotaciones Forestales de RENFE, mantiene una estrecha relación con la cultura de la madera y con la historia de los bolos serranos.
Los participantes, divididos en dos grupos según edad y nivel deportivo, recibieron clases magistrales de las dos grandes figuras del bolo andaluz actual. Por un lado, Antonio Castillo, número uno del ranking masculino en 2024 y monitor de la FAB, trabajó con los más avanzados en la corrección de la posición de tiro, enseñándoles a dirigir los mingos por el centro de la pista con mayor precisión. Por otro lado, Loli Rodríguez, líder femenina del ranking de la última temporada, centró su sesión con los más pequeños en la seguridad y la técnica básica del lanzamiento, corrigiendo gestos y ofreciendo consejos para iniciarse en el deporte con garantías.
La sesión de aprendizaje tuvo un carácter muy especial gracias a la participación de un grupo de cinco adultos sordos, invitados gracias a la colaboración de la Federación Andaluza de Deportes para Sordos (FADS). Encabezados por su presidente, Rafael Moreno, estos participantes vivieron la experiencia como un auténtico descubrimiento, recibiendo una iniciación al bolo andaluz de la mano de José Miguel Nieto, presidente de la FAB. El encuentro supuso además el germen de un acuerdo entre ambas federaciones, con el compromiso de desarrollar un convenio de colaboración para introducir el bolo andaluz en los programas deportivos de la FADS y fomentar su práctica en colectivos de personas sordas, reforzando así el carácter inclusivo de este deporte autóctono.
El campus no se limitó al deporte. Los participantes realizaron una ruta etnológica en la que pudieron conocer, a través de fotografías y de un documental rodado en 1945, cómo era la vida en la serrería de RENFE y cómo se transportaba la madera por el río hasta la Estación de Jódar, con el obstáculo de la bajada de las traviesas de madera por la Cerrada del Utrero, por donde discurrió el recorrido. Los chavales descubrieron que la explotación forestal, lejos de dañar la sierra, contribuyó a su conservación, y entendieron cómo la madera extraída en estas montañas sirvió para reparar gran parte de la red ferroviaria española tras la Guerra Civil. La proyección del documental mostró imágenes del Puente de las Herrerías con las traviesas acumuladas en el agua, un contraste que los jóvenes pudieron comprobar en vivo unas horas después.
Y es que, tras la sesión deportiva y la ruta etnológica, el grupo se trasladó al Puente de las Herrerías, donde el baño en las cristalinas pozas del río se convirtió en uno de los momentos más celebrados de la jornada. Entre risas y chapuzones, tanto niños como adultos disfrutaron de un entorno natural único, que hace ocho décadas fue testigo de la flotación de maderas río abajo.
La jornada concluyó con una experiencia de arborismo y tirolinas, en la que los árboles volvieron a ser protagonistas. Esta actividad multiaventura puso el broche de oro a un campus en el que deporte, naturaleza, cultura e inclusión se dieron la mano.
Con iniciativas como este campus, la Federación Andaluza de Bolos refuerza su compromiso con la difusión de los bolos serranos entre las nuevas generaciones y con la inclusión social a través del deporte. Una jornada que dejó huella en los participantes y que demuestra que el bolo andaluz, más que un deporte, es una parte viva del patrimonio cultural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas.